Empezó como relato erótico
- GG

- 26 feb 2020
- 3 Min. de lectura
Comenzar en primera persona me hace sentir que estoy redactando un relato erótico. Uno en el que me violen, pero porque lo merezca. En el que haya sido una niña mala. Encima lo disfrutaré, los "¡para por favor!", se verán gradualmente sustituidos por "¡si....más!".
¿Más qué? ¿Más polla? Menos mal que sé que la vagina es un órgano insensible, y eso a mi no me pasará. Yo sé que sólo el primer tercio tiene sensibilidad. El resto de sensaciones son consecuencia de los nervios que parten del clítoris.
Menos mal que lo sé. Sino creería que quiero más polla.
No sabría escribir un relato erótico. Acabaría masturbándome sin acabarlo. Tampoco sabría que historia contar. Seguro que no violan al personaje femenino. Aunque sea lo que más vende. Seguro que ninguna madre se ve obligada a follarse a su manipulador hijo. Seguro que ninguna niña con coletas se sube la falda demasiado para excitar a su viejo vecino.
Mi relato erótico estaría ambientado en este mundo. ¡Con toda la narrativa de fantasía juvenil que leí! Tengo la sensación de que el instituto y la universidad me han escondido esos mundos. Han conseguido distorsionar mi capacidad para imaginar realidades.
Contextualizaría mi relato en esta sociedad, porque a veces siento que ya no puedo imaginar otras. Y porque me siento con el deber de profundizar en esta. Me cuesta entenderla. Me cuesta comprender, dar nombre a lo que ya sé y siento, dado que vivo inmersa en ello. Relatan que esta organización se firmó cual contrato, entre una entidad poderosa y unos seres chiquititos. Supongo que yo ahora soy uno de esos seres chiquititos. A mi no me dieron nada a firmar. Caí aquí. Con nombre, con sexo, incluso con género y nacionalidad, con colores. Yo no decidí nada. Yo no decidí nacer.
A veces esa decisión me oprime el pecho. Otras no me importa, "ya que estamos, haremos lo que podamos para ser felices", y me voy a la cama tranquilita.
Luego sentí que decidí algo. Ser mujer. Un "ser" que hace referencia a una forma de ver y de estar en el mundo. Un “mujer” en el que no encuentro esencia común con otras, tan plural, tan desordenado, que es más difuso que concreto, más colorido que morado. Mujer como sujeto político, no biológico, no real, sino metafórico y confuso. Decidí abrazar los atributos femeninos en los que me habían socializado y empoderarme a partir de ellos. Decidí que era mi modo de luchar en colectivo. Decidí que querer y cuidar eran los pilares de mi modelo vital. Modelo que sentí como sostenible. A nivel emocional y energético. Aún me cuesta admitir que fallo.
No fue una decisión difícil, puesto que ya era mujer para la sociedad. Me habían socializado como tal y mi cuerpo corresponde a los cánones de la feminidad. A todos, tengo coño y todo.
A veces me aterra haberlo decidido para no tener que asumir ciertas deconstrucciones. Como que me abrume la no-monogamia, que precise sentirme claramente deseada para desear, que quiera tener hijos e hijas, la culpabilidad que llevo atada a la coleta, o la autoexigencia que tatuaron y tatué en mi frente. Pero bueno, mi decisión fue contextual. Quiero pensarla como tal. Mañana quizás ya no quiera ser mujer. O no quiera ser mujer por esto. Ya me aferraré a otra cosa.
A veces me da miedo haberlo decidido para así ser “víctima” de algo y no responsable de todo. Luego me doy cuenta de que el primer sentimiento no hace que el segundo desaparezca, ni siquiera que baje de intensidad. Pero hace que canalice una rabia y que permitirme comprenderla.
Sigo sintiendo culpa. Sigo siendo responsable. No sé muy bien de qué, pero a veces mi egocentrismo enfermizo me echa la culpa del papel de chupachups que algún idiota tiro al suelo.
El relato erótico quizás no sea lo mio.





Creo que las personas no se rompen, cuando aprendemos a vivir con los fragmentos. Nuestra socialización nos lleva a pensarnos como seres monolíticos, verdaderos, con una esencia que perseguir, o que encontrar, o que ocultar. Cuando asumimos nuestros fragmentos, nos pensamos como seres formados a partir de cachos de otros. De otras personas, de otras historias, de otros contextos en los que anduvimos, en los que quisimos estar. De miedos, de rutinas, de inconscientes. Cuando aprendemos a habitar nuestros fragmentos, nos hacemos conscientes de que sentimos que alguien se llevo trozos, o que otre vendrá, y tomará el relevo de un espacio que construimos como vacio. Preferimos imaginarnos como débiles, como posibles víctimas, que aprender a habitar la debilidad, y entenderla…
Al fin de al cabo estamos sujetos, estamos sujetos al tiempo, estamos sujetos a tener una realidad única, y a la vez, formar parte de una sociedad, estamos sujetos hasta a una mísera doble cadena de DNA. Eso nos vale, nos justifica, cada sentimiento, cada acción, mis atributos, todo está delineado, hay cosas que puedo cambiar y cosas que no. Pero hasta eso puede cambiar, la surrealista relatividad, la dolorosa empatía, los putos transposones. ¿Disfrutar? ¿Hacer algo bien o mal? Todo eso pasa, y es parte de nuestro yo en ese momento y de cómo somos hasta ahora, pero nada es estable. Un jarrón no es frágil porque se pueda romper fácilmente, sino por el miedo a romperse. Cuando está…