Sobre la adolescencia
- GG

- 11 abr 2021
- 2 Min. de lectura
Subo la cabeza hacia el espejo. Siento el peso de las gafas en mi tabique. No tengo gafas, ni el pelo en dos coletas. Me busco en la imagen.
No es un reflejo. No sé quien es ella, pero no soy yo.
Al rato la aprecio, la tengo cariño a pesar de la extrañeza. No es guapa, tampoco es fea. No es. Tiene la mirada triste porque le dijeron que así era. Gira la cabeza y sus ojos no la siguen. Me suena, pero no soy yo. Me fascina que sea la que abre los labios cuando yo grito. Pero no hay sintonía. No es la idea que tengo de mí.
La anulo, la echo. Y vuelvo a intentarlo. Pruebo de nuevo a hacerla desaparecer. La lucha diaria es destrozarla. Hacer que no aparezca cuando quiero verme en el espejo.
Hay días que la acepto y gano la partida.
Otros la destrozo, le pongo rimel y gano.
Otros atravieso el espejo y lo edito.
Muchos pierdo, y gana el extrañamiento, la disonancia entre mente y cuerpo.
El problema es que no me gusta Platón, y no creo en los binomios. Entonces la sensación corporal me invade la cabeza y me imagino que tampoco soy la que me hablo. Si no soy la del espejo, ni la que la mira, no existo. Soy ese espacio de extrañamiento que separa la consciencia de cuerpo y la consciencia de mente. Soy el espacio que crea la idea de cuerpo y la de mente.
Como no me conozco, no me reconozco. Hueco, gas, caos, vacío. Ni a materia llego.
Arrastro mi extrañamiento al mundo y me pongo en guardia. Si descubren que no existo les daré igual. Se olvidarán de mí porque nunca me habrán percibido.





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