Oda al twerk
- GG

- 23 ene 2020
- 1 Min. de lectura
Soy niña con disciplinamiento de ballet. Cuando me paro pongo los pies en primera posición. Raramente doblo las rodillas. Ando metiendo tripa y echando los hombros atrás.
Cuando empecé a intentar bailar sin coreografías marcadas sentía mi cuerpo con una fluidez extraña. Mis pasos se enmarcaban en un disciplinamiento corporal del que no era consciente.
El ballet implicó para mi construirme como metódica, entender la relevancia del esfuerzo, interiorizar que el dolor es bueno porque el sacrificio conllevaba recompensas. El objetivo era la perfección. Mi cuerpo sometió a mi mente, y al revés. Ambas entidades persiguieron y odiaron al sujeto social perfecto que no paraba de visibilizar como meta.
Empecé con el urbano, con el pole. La primera vez que te giras 180° y te dicen "aprieta la pierna", y tú, bueno, no sientes tu pierna, no la encuentras.
La palabra sentir comenzó a sustituir la de control. No son binomios polares, se entrecruzan y permiten una expresión corporal lo más sincera que puedas gritar.
Luego llego el twerk. En el ballet el culo esta apretado, tu figura es una linea recta constante. Con el twerk te encorvas, sacas culo, lo sueltas, y lo agitas. Movilizas la cadera, las piernas. Significó un cambio muy grande en la manera de entender mi movimiento.
Es empoderante. Tomas una parte sexualizada de tu cuerpo y la mueves, la manejas, la sientes, la agarras.







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